domingo, 6 de noviembre de 2011

Catadores de fronteras

La primera cosa que me atrae en todos los pueblos que visito, y en las fronteras singularmente, es cierto gesto peculiar de orgullo de raza. Es un gestecillo suigéneris, distinto en cada pueblo, con que se afirma la individualidad frente al pueblo extraño y vecino. La mímica tiene sus fronteras: que los catadores de fronteras me entiendan.
[...]
Cuando Antonio Ramos me oyó hacer estas observaciones, tiró del canuto de la tinta y escribió, al descuido -improvisador impenitente-, estos renglones:

Nación que miras por la estética
de los sombreros masculinos;
-pluma de escribir en la oreja
de tus cazadores alpinos.

Nación que conservas el dejo
de la ópera de mis abuelos:
-¡oh gran cola de gallo negro
de tus mosqueteros domésticos!

He aquí: de pronto me sales
al paso ¡cuán inesperada!
Mont Cenis, y las piedras gárrulas,
y un arco -muy sobrio, entre olivares...

(La cornisa-resbaladera
me hacía rodar hasta Italia.
¡Soy un catador de fronteras
que contrasta orgullos de razas!)

E iba a continuar seguramente, cuando se dio cuenta de que todos hablábamos de otra cosa.

Alfonso Reyes, "Rumbos cruzados", en Obras completas, t. II, pp. 194, 196.

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